I Domingo De Adviento

Posted by Padre Eugenio Cavallari on 26 November 2014

violaEsperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo    

Lecturas: Isaías 63, 16 17.19; 64, 2-7; I Corintios 1, 3 9; Marcos 13, 33 37.                      

1 - Un nuevo Adviento – Inicia con el año litúrgico un nuevo itinerario de fe de la comunidad cristiana. ¿Qué sentido se puede dar hoy a la llegada de Dios en el mundo? La situación requiere una intervención urgente de Dios, que el profeta Isaías fotografía a la perfección en estos términos: “¡Tú, Señor, eres nuestro padre, nuestro Redentor es tu Nombre desde siempre! ¿Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos y endureces nuestros corazones para que dejen de temerte?” Esto explica la realidad del mundo actual y aclara las causas: excluimos a Dios de nuestras vidas y hemos abolido todas las reglas, en el único principio-dogma: Somos libres y nosotros nos damos nuestras reglas de vida. Pero toda la Iglesia reza así: “¡Ven Señor, y no te demores!”

2 - Somos arcilla – Isaías continúa hundiendo el bisturí saludable de la palabra de Dios: “Tú estás irritado, y nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento. No hay nadie que invoque tu Nombre, nadie que despierte para aferrarse a ti, porque tú nos ocultaste tu rostro y nos pusiste a merced de nuestras culpas” Desde hace muchos años se arrastra esta crisis moral y religiosa, cultural y social. En demasiadas conciencias no “se estrecha al Señor” con un vínculo de fidelidad, en demasiados corazones y familias ya no se “invoca más el nombre de Dios” con la oración. El Adviento empieza justo desde aquí: volviéndonos a Él y a Él a nosotros. Éste es un pedido congojado de salvación, que la Iglesia eleva incesantemente a Cristo en vista de la Navidad.

3 – “Jesús te renueva” – En este marco preocupado y preocupante todos sienten ahora una profunda necesidad de renovación interior y social, un hacer borrón y cuenta nueva en todos los niveles. He aquí delineado el programa de nuestro adviento, que se inicia necesariamente con Aquel que ha nacido de nuevo para salvarnos. Sólo Dios puede revertir esta situación tan comprometida, renovando totalmente nuestra forma de pensar y vivir. Imploremos con Isaías: ¡“Señor, si rasgaras el cielo y descendieras”en cada uno de nosotros! El hombre, si no tiene a Dios, carece de todo. El hombre es un huérfano de todo porque es un huérfano de Dios.

4 - Dos vías – Jesús llega a nosotros y nos renueva en Sí mismo, en la medida en que compartimos con Él dos momentos de conversión: a) la oración, que nos une a Dios y nos da su gracia de verdad, esperanza, amor y fortaleza; b) el “hacernos pequeños” en el sentido evangélico, es decir: humildad, abandono a Dios, gratitud, dulzura, apertura a los demás, serenidad. Si cada uno realiza en sí este cambio, ¡el mundo ya se vuelve mejor! El ejemplo de Jesús Dios que se hace niño- es el nuevo modelo de mi vida. Él se deja llevar en nuestros brazos, para que aprendemos a dejarnos llevar en los brazos de Dios. Así seremos capaces de llevarnos unos a otros acogiéndonos mutuamente.

5 - ¡Estén prevenidos! – Pablo escribe a los Corintios: “Ustedes han sido colmados en él con toda clase de riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida que el testimonio de Cristo se arraigó en ustedes”. El “testimonio” de Cristo no es nada más que su propia forma de vida, que ¡ ahora es permanentemente nuestra! Todo sucede por dos dones de gracia: a) la Palabra de Dios, que nos hace comprender la forma de pensar de Jesús, b) su forma de vida, consiguiente a la obediencia de la voluntad de Dios Padre, que se vuelve nuestra ciencia de vida. Poseemos esta ciencia porque por fin hemos entendido cómo tenemos que vivir y nos es claro lo que está sucediendo en nosotros y en el mundo, ahora y para siempre.Y si Jesús escogió un tiempo para nacer tan inusual: la medianoche, es para recordarnos que regresará a la “medianoche” de nuestra vida terrenal para introducirnos en la vida eterna. Toda la vida en la tierra se convierte en una incesante espera preparatoria al encuentro último con Jesús: ¡la luz de la fe en Jesús nos ilumina, nos conduce y nos entusiasma!

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