Segundo Domingo De Navidad

Posted by Padre Eugenio Cavallari on 2 January 2015

gialloDe su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia

Lecturas: Eclesiástico 24, 1-4.8-12; Efesios 1, 3-6.15-18; Juan 1, 1-18.                      

1 – La columna de la verdad – El libro del Eclesiástico describe la vida divina de la Sabiduría, que es el Verbo de Dios hecho hombre: Jesús Redentor. La escena lo representa al centro de la asamblea celestial y terrenal: “La a Sabiduría hace el elogio de sí misma y se gloría en medio de su pueblo desde una columna de nubes”.  La columna de nubes es la imagen de las verdades infinitas y misteriosas de los pensamientos de Dios. Ellos iluminan la mente de todas las almas, hechas precisamente para pensar con los pensamientos de Dios. Esta sabiduría luego “Ante Él, ejercí el ministerio en la Morada santa, y así me he establecido en la ciudad amada”: la Iglesia. He aquí el tesoro inestimable de luz verdadera que Jesús trae consigo en Navidad y que nuestros corazones poseen por medio de la fe: “Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia” (Eclesiástico).

2 – La bendición divina – También San Pablo desarrolla la misma idea, viéndola como una gran bendición. En el lenguaje bíblico, la bendición siempre es un don, que se otorga para crear o incrementar la vida: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo” (Efesios) . Esta bendición se divide en cuatro fases: a) Fuimos elegidos antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, b) fuimos predestinados a ser sus hijos adoptivos en Jesús, c) llamados a formar parte de su Iglesia, d) elegidos en su gracia en cada día de nuestras vidas. Pablo también expresó un deseo y una oración: “Que el Padre de nuestro Señor Jesucristo, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente”. Aquí está el trabajo incesante de nuestra vida interior: entrar en la Palabra de Dios, es decir en el pensamiento de Jesús. Lo único que hay que hacer es sólo esto: ¡devorarse toda la Biblia!

3 – La plenitud del Verbo – El pasaje del Evangelio es el famoso prólogo, con el que comienza el cuarto Evangelio de Juan. En él se describe la encarnación de la sabiduría celestial, el Verbo hecho hombre, y la aceptación o el rechazo trágico que los hombres le reservan en todos los tiempos: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios... En él estaba la vida,  y la vida era la luz de la humanidad... Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios… De su plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia”. Así que Jesús es el principio de la vida de cada hombre, es la luz de la verdad para la inteligencia, es la norma y guía de la acción para la voluntad: “Sin Él no subsiste naturaleza alguna, ni instruye doctrina alguna, ni aprovecha costumbre alguna: busque a Aquel en quien encontramos la seguridad de todas las cosas; contemple a Aquel en quien todas son ciertas; ame a Aquel en quien tenemos la suprema rectitud” (San Agustín, Ciudad de Dios 8,4).

4 – “Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” – Jesús hoy nos repite esta misma pregunta que podemos responder de manera exhaustiva si tenemos en cuenta los tres aspectos del problema: Jesús es Dios-Hombre-Salvador. No se puede explicar de otra manera el gran viaje, hecho por el Verbo desde la casa del Padre a la “carpa” del hombre: es el resultado de su amor infinito y gratuito amor misericordioso. Si Él no hubiera llegado al hombre, el hombre  nunca habría podido  volver a subir Dios. Ahora bien, Jesús es ciertamente un personaje incómodo porque nos propone su misma forma de vivir y de morir por amor. Cosa que se opone diametralmente a la cultura del egoísmo. Esta fe en Jesús exige que el hombre se reconozca efectivamente: una criatura de Dios (necesitada de todo), pecadora (necesitada de perdón) y que reconozca a Cristo como el único maestro y médico celestial. Tres órdenes de razones que deben ser recibidos claramente en todo su alcance: “Reconoce lo que eres. Reconoce que eres débil, que eres hombre, que eres pecador, que es Él quien hace justos, que estás manchado” (Agustín, Serm. 137,4,4). La fe en Cristo se traduce en un nuestro modo idéntico de pensar y de vivir: como Él.

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